Berlín siempre se me presentó como una geografía llena de preguntas, tal y como lo son muchos otros lugares que no conozco. La diferencia entre Berlín y esos otros lugares es que he tenido la oportunidad de cargar con mi equipaje y buscar las respuestas en la Alemania de mi curiosidad. Un viaje de 20 días es las que no solo encontré respuestas, sino que reformulé preguntas.
¿Qué puedo traducir para el que lee estos párrafos sobre mi viaje? Berlín es una ciudad llena de cicatrices, que quizás se juzgan desde la lejanía con imprecisiones comprensibles, pero que se hacen humanamente legibles cuando caminas por sus calles y conoces a sus habitantes. Entonces se entiende que sus reformas sociales y políticas no solo fueron leyes, que el nacionalsocialismo no solo fue Hitler, y que su muro no fue solo concreto.
Se tiene el color, se pueden medir las dimensiones físicas de lo humano, en especial en sus memoriales al pasado que le ha dado identidad, forma y memoria. A una cultura que no solo se encuentra en Bach o Franz, en las filarmónicas y en la opera, o en sus museos, sino también en sus grafitis, en los músicos que tocan en las esquinas, en el metro, en las calles, en la forma en que las personas conversan y caminan, en los diferentes rostros que ves y que te hablan de su multifacética herencia y futuro.
¿Veinte días son suficientes para Berlín? Y la respuesta sería que quizás no son justos para empacar tanto, ni para Berlín ni para ninguno de los lugares que aun no conozco. Pero si sé que fueron suficientes para poder llevar en mi equipaje un cuadro en que más que respuestas me regaló un rompecabezas hecho mundo.
